
A 25 años del 11-S, las guerras posteriores dejaron más de 940.000 muertos
Un estudio de la Universidad Brown estimó que más de 432.000 civiles murieron entre 2001 y 2023 como consecuencia directa de los conflictos desarrollados tras los atentados.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 marcaron el comienzo de una extensa etapa de intervenciones militares estadounidenses bajo el marco de la denominada “guerra global contra el terrorismo”. A 25 años de aquellos ataques, un proyecto de investigación de la Universidad Brown estimó la dimensión del costo humano de los conflictos que se desarrollaron posteriormente.
Según la actualización del proyecto Costs of War, entre 2001 y 2023 más de 940.000 personas murieron como consecuencia directa de la violencia bélica en Afganistán, Irak, Pakistán, Siria y Yemen. De ese total, más de 432.000 fueron civiles.
El relevamiento contempla las muertes provocadas por enfrentamientos, bombardeos, ataques y otras formas de violencia directamente relacionadas con las operaciones militares. También considera a civiles, fuerzas de seguridad locales, combatientes y contratistas.
La cifra no implica atribuir cada una de esas muertes directamente a acciones de Estados Unidos, sino que corresponde a los conflictos surgidos en el escenario político y militar posterior a los atentados.
Afganistán e Irak, los primeros grandes escenarios
La respuesta militar estadounidense comenzó en Afganistán en octubre de 2001, cuando Estados Unidos y sus aliados iniciaron una operación destinada a desplazar del poder al régimen talibán y atacar las estructuras de Al Qaeda instaladas en el país.
La intervención se prolongó durante dos décadas, hasta la retirada estadounidense en agosto de 2021 y el posterior regreso de los talibanes al poder. Durante ese período se produjeron decenas de miles de muertes entre civiles, militares y miembros de las fuerzas de seguridad afganas, además de víctimas entre tropas y contratistas extranjeros.
En marzo de 2003, Estados Unidos abrió un segundo gran frente con la invasión de Irak. La intervención fue justificada con el argumento de que el régimen de Saddam Hussein representaba una amenaza para la seguridad internacional y disponía de armas de destrucción masiva. Esas armas nunca fueron encontradas.
La caída del gobierno iraquí dio paso a una etapa de insurgencia, enfrentamientos sectarios y terrorismo. Años más tarde, el avance del Estado Islámico provocó una nueva intervención estadounidense en la región mediante una coalición internacional.
Siria y Yemen ampliaron el escenario de los conflictos
Siria se convirtió en otro de los principales escenarios de las guerras posteriores al 11-S. El conflicto comenzó en 2011 con la rebelión contra Bashar al Assad y posteriormente involucró al gobierno sirio, grupos rebeldes, organizaciones yihadistas y distintas potencias extranjeras.
La intervención estadounidense contra el Estado Islámico sumó una nueva dimensión militar a una guerra que ya había generado numerosas víctimas y desplazamientos.
En Yemen, las operaciones estadounidenses contra Al Qaeda en la Península Arábiga se desarrollaron durante años mediante ataques aéreos y acciones especiales. Paralelamente, el país quedó inmerso en una guerra civil que provocó una profunda crisis humanitaria.
El proyecto también contabilizó el desplazamiento de más de 38 millones de personas a lo largo de las guerras posteriores al 11-S en Afganistán, Irak, Pakistán, Yemen, Somalia, Filipinas, Libia y Siria.
El costo para Estados Unidos
Las consecuencias de estos conflictos también alcanzaron a las fuerzas estadounidenses y sus aliados.
Un relevamiento anterior de Costs of War había contabilizado, hasta 2019, más de 7.000 militares estadounidenses muertos en los principales escenarios bélicos y cerca de 8.000 contratistas estadounidenses fallecidos.
A esas pérdidas se sumaron consecuencias de largo plazo para los veteranos, incluidos problemas físicos y psicológicos.
Un cuarto de siglo después
La secuencia iniciada con los atentados transformó el escenario político y militar internacional. Afganistán atravesó dos décadas de ocupación, Irak sufrió la invasión y posteriores enfrentamientos, mientras que Siria y Yemen quedaron sumergidos en conflictos de gran escala.
La muerte de Osama bin Laden en 2011 representó uno de los momentos centrales de la respuesta estadounidense, pero no puso fin a los conflictos.
Tampoco la retirada de Afganistán en 2021 significó el cierre definitivo de las consecuencias de esas guerras. Los desplazamientos, la destrucción de infraestructura, la pobreza, las enfermedades y la violencia continuaron afectando a las poblaciones mucho después de las intervenciones militares.