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Dejó su fábrica de alfajores y pasó un año y medio en una carpa: hoy vive en un ecopueblo de 250 habitantes

Matías Echeguren es uno de los fundadores de Umepay, una comunidad ubicada en las sierras de Córdoba que nació en 2012 como un centro de retiros y hoy cuenta con escuela, cooperativas, restaurante y viviendas construidas en armonía con la naturaleza.

Dejó su fábrica de alfajores y pasó un año y medio en una carpa: hoy vive en un ecopueblo de 250 habitantes

Matías Echeguren es uno de los fundadores de Umepay, una comunidad ubicada en las sierras de Córdoba que nació en 2012 como un centro de retiros y hoy cuenta con escuela, cooperativas, restaurante y viviendas construidas en armonía con la naturaleza.



La decisión de cambiar de vida llevó a Matías Echeguren a dejar atrás su fábrica de alfajores en Buenos Aires para instalarse en medio de las sierras de Córdoba. Durante aproximadamente un año y medio vivió en una carpa junto a su pareja, mientras trabajaba con un grupo de amigos para construir un proyecto que, con el tiempo, se transformaría en un ecopueblo de unos 250 habitantes.

La historia comenzó en diciembre de 2012, cuando once amigos decidieron pasar el verano en un campo ubicado en Villa Yacanto, en el valle de Calamuchita. Buscaban alejarse del ritmo de la ciudad y desarrollar una forma de vida más conectada con la naturaleza.

El terreno pertenecía a dos integrantes del grupo, Gastón y Constanza, quienes habían comenzado a construir allí su casa. El lugar estaba rodeado de montañas y vegetación, a orillas del río Grande, pero carecía de servicios básicos: no tenía agua corriente, electricidad, señal telefónica ni conexión a Internet.

La experiencia inicial reunió a 14 personas, entre adultos y chicos. Lo que comenzó como una prueba de convivencia terminó convirtiéndose en una decisión que cambiaría sus vidas.

“Al cabo de un mes de estar acá, la mayoría coincidimos en que era nuestro lugar en el mundo, y que teníamos que mudarnos para empezar a armar algo”, recordó Echeguren.

De vender su fábrica a vivir en una carpa

Para concretar el proyecto, los integrantes del grupo comenzaron a desprenderse de sus bienes y negocios en Buenos Aires. Algunos vendieron vehículos y propiedades, mientras que Matías decidió vender su fábrica de alfajores para aportar capital.

Con ese dinero comenzaron a levantar las primeras construcciones del Centro Umepay, pensado inicialmente como un espacio para retiros de yoga, meditación y otras actividades vinculadas con la permacultura y la vida sustentable.

Mientras avanzaban las obras, los fundadores debían resolver dónde vivir. Algunos se instalaron en casillas rodantes y otros ocuparon las primeras construcciones. Matías y su entonces pareja, Juli, eligieron las carpas.

“Con Juli, mi pareja de aquel entonces, estuvimos viviendo aproximadamente un año y medio en carpas”, contó. Tenían una destinada a dormir y otra acondicionada como comedor y espacio de estar, con mesa, sillas y hasta un ropero.

La vida cotidiana exigía organización y trabajo compartido. Se levantaban temprano, meditaban, desayunaban y luego se distribuían las tareas: cocinar, limpiar, recibir a los visitantes, realizar reparaciones y continuar con las construcciones.

La falta de servicios también imponía dificultades. Para responder los correos electrónicos de quienes consultaban por los retiros, debían trasladarse hasta Villa Yacanto y utilizar la conexión a Internet de un bar. El agua se bombeaba desde un arroyo hasta un tanque elevado para abastecer las instalaciones.

A pesar de las limitaciones, Echeguren recuerda aquella etapa como una experiencia colectiva que les permitió construir algo que difícilmente habrían conseguido por separado.

“Ninguno hubiese podido hacerlo solo. Era un proyecto muy desafiante. Pero entre todos fue como una especie de segunda adolescencia”, describió.

Cómo nació el ecopueblo Umepay

Con el paso del tiempo, el Centro Umepay comenzó a recibir personas que se interesaban por la propuesta y querían incorporarse al proyecto. Esa llegada de nuevos integrantes llevó a los fundadores a pensar en una comunidad permanente, más allá de los retiros.

Dos años después del inicio de la experiencia, surgió la posibilidad de comprar un campo vecino de unas 100 hectáreas. El grupo negoció las condiciones de pago con el propietario y estableció que quienes quisieran sumarse debían aportar la misma cantidad de dinero.

El nuevo terreno tenía áreas afectadas por el sobrepastoreo y estaba destinado a la actividad ganadera. Los habitantes comenzaron a retirar animales, plantar árboles y planificar la distribución de las viviendas.

Primero trazaron los caminos y organizaron las redes de agua. Después comenzaron a construir las casas y a ocupar los terrenos.

La intención era evitar el diseño de un barrio tradicional y conservar el protagonismo del paisaje. Por eso, las viviendas se distribuyeron entre la vegetación, con colores integrados al entorno y techos vivos que ayudaran a disimular las construcciones.

“La idea era que mires para donde mires, se vea naturaleza, que es lo que nos trajo acá”, explicó Matías, quien construyó la primera vivienda fuera del centro de retiros.

Casas de barro y reglas de convivencia

La vida de Echeguren también cambió cuando su familia comenzó a crecer. Ante el embarazo de Juli, decidió dejar la carpa y construir una pequeña vivienda de 55 metros cuadrados, con paredes de quincha y barro y un techo vivo.

Su primer hijo, Vicente, tiene actualmente 12 años. Tres años después de su nacimiento llegó Libera, su segunda hija, que hoy tiene 9. Con el tiempo, la casa se amplió hasta alcanzar aproximadamente 180 metros cuadrados, distribuidos en tres habitaciones, dos baños, un living amplio y un garaje.

La bioconstrucción se convirtió en una de las características de Umepay. Las viviendas utilizan materiales naturales y buscan integrarse con el paisaje.

A medida que aumentó la población, los habitantes también establecieron acuerdos para organizar la vida en común. Así surgieron tres códigos vinculados con la arquitectura, el ambiente y la convivencia.

Según explicó Matías, no se trata de normas inamovibles, sino de acuerdos que pueden modificarse en reuniones comunitarias. La idea es preservar la independencia de cada familia dentro de su terreno y, al mismo tiempo, garantizar el cuidado de los espacios compartidos.

“En tu terreno y en tu casa, lo que vos quieras: la individualidad, la independencia total. Y en lo que son los espacios comunes, el mayor silencio y tranquilidad posible”, señaló.

El crecimiento también modificó la composición del grupo original. De los once fundadores, nueve continúan viviendo en Umepay. Los otros dos se alejaron con el paso de los años por diferentes motivos personales.

De los alfajores a construir más de 70 viviendas

La transformación de Matías no terminó con su mudanza. Su experiencia como empresario dio paso a una nueva actividad vinculada con la construcción.

Junto a Germán, un amigo con quien había compartido el emprendimiento de alfajores, comenzó a trabajar en proyectos de bioconstrucción. El contacto con personas que conocían técnicas tradicionales le permitió adquirir nuevas herramientas y desarrollar un negocio propio.

La constructora que impulsan lleva más de 70 viviendas construidas en Umepay durante aproximadamente 13 años de trabajo.

El emprendimiento forma parte de una comunidad que fue sumando actividades y servicios a medida que crecía su población.

Actualmente, el ecopueblo se extiende sobre unas 600 hectáreas y alberga alrededor de 250 personas, entre ellas aproximadamente 50 chicos. Cuenta con una escuela, una despensa, una casa de té, un restaurante, una cooperativa de Internet, otra de agua y vecinos que ofrecen distintos servicios.

La escuela también evolucionó junto con la comunidad. En sus comienzos funcionaba un pequeño jardín improvisado para las primeras niñas que llegaron con el grupo. Posteriormente se incorporó la educación primaria y, este año, la camada de Vicente se convertirá en la primera en egresar dentro del ecopueblo.

Una infancia entre las sierras, sin aislamiento

Para Echeguren, uno de los cambios más significativos está relacionado con la infancia de los chicos que crecen en Umepay.

Los niños se desplazan en bicicleta, van al río y recorren el pueblo en grupo. La familiaridad entre los vecinos permite que los adultos conozcan a los chicos y estén al tanto de sus movimientos.

“Hay una gran tribu de niños de acá”, resumió Matías.

Sin embargo, vivir en el ecopueblo no significa permanecer completamente aislados. Los chicos también viajan a Villa Yacanto para practicar fútbol, música y taekwondo, además de compartir actividades con amigos de la localidad.

A los 49 años, Matías asegura que no se imagina regresando a vivir a Buenos Aires. Aunque su madre y su hermano continúan en esa ciudad y los visita con frecuencia, considera que encontró su lugar en las sierras.

“Soy fan de Umepay. Amo el lugar y a la gente acá. Me hice un montón de amigos muy íntimos”, afirmó.

El desafío de pensar en el futuro

Después de más de una década de crecimiento, los fundadores comenzaron a plantearse cómo será la vida en Umepay cuando sus habitantes sean mayores.

Echeguren advirtió que las características del lugar, que hoy representan libertad y contacto con la naturaleza, podrían convertirse en una dificultad para quienes tengan movilidad reducida. También señaló que la distancia respecto de los grandes centros de salud es un aspecto que deberán considerar con el paso de los años.

“La mayoría de los fundadores tenemos entre 40 y 50 años. Algún día tendremos 80 años y la misma montaña que hoy representa libertad puede transformarse en un problema para alguien con movilidad reducida”, reflexionó.

Por ese motivo, algunos integrantes de la comunidad ya evalúan la posibilidad de diseñar otro pueblo, con características más funcionales para las necesidades de los adultos mayores.

“Somos muchos los que visionamos un poco el futuro también y pensamos sobre diseñar otro pueblo más funcional para los adultos mayores que seremos el día mañana”, explicó.

Todavía no hay certezas sobre si la iniciativa llegará a concretarse ni quién estará a cargo de impulsarla. Mientras tanto, Umepay continúa siendo el resultado de una decisión que comenzó con once amigos, un campo sin servicios y el deseo de construir una vida diferente entre las sierras cordobesas.

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